Al final del primer mes empecé a sentirme una funcionaria del viaje. Era el máximo de tiempo que habíamos pasado fuera de casa hasta entonces y añoraba la sensación de saber que había un fin; un fin que me hiciera valorar el tiempo de vacaciones. Y como el final estaba lejano, y visitar cada país de forma aguda era imposible porque había que guardar fuerzas, cronificar el esfuerzo, y también la ilusión, parecía la solución. Era como vivir una eternidad anhelada pero que al cabo de un siglo de tiempo extra se te hace un poooco laaaarga.
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| "Nuestro" paraiso en Vang Vieng (Laos) |
Acabábamos de llegar a Camboya y el choque de encontrar tanta basura, esparcida y acumulada, me colapsó, a pesar de la belleza de Angkor Wat en Siem Reap. “Tengo ganas de llegar ya a Australia”, le acabé confesando un día a Helena. “Mamá, no puedes pensar así. Como mucho, piensa en el siguiente país”. Después de su sabio consejo, que seguro que se aplicaba a sí misma, empecé a saborear mentalmente Laos. Como el Principito con su cita planeada con el zorro… pero pensar en otro país comporta pensar en pasar la frontera terrestre del país saliente y la del país entrante, y eso es muy pesado, física y mentalmente. Siempre bajo un sol de justicia y una humedad de sauna, y con las mochilas a cuestas, hay que caminar cientos de metros, rellenar un montón de papeles en ambas fronteras y evitar pagar una mordida de funcionarios corruptos que, por pequeño que sea el importe, te reconcome en lo más hondo. A base de socavar su paciencia y de macerar la nuestra, solemos franquear el paso sin soltar ni un céntimo, o pagando mucho menos de lo exigido. Después viene la ardua tarea de buscar un medio que nos transporte por el nuevo país, y sin tener aún dinero en su moneda. Y puede que no haya transportes (ni siquiera coches particulares para hacer autostop), o puede que salga al cabo de unas horas, o puede que sea obligado regatear porque te cobran el triple que a los lugareños. O puede que se den dos de estas circunstancias a la vez...
Pero entonces pasa una viejecita con dos bolsas cargadas de ladrillos, una en cada extremo de un palo de madera hincado en su hombro derecho, y vuelvo a la realidad. Recuerdo que estoy gozando de una impagable eternidad vacacional, que soy una turista afortunada, y que el mínimo y buscado peaje por todo ello es habituarme a la realidad de cada país, respetarla y disfrutarla por su carácter excepcional dentro de mi cotidianidad.
Y ya en Laos, después de bañarnos en cascadas deslumbrantes por su salvaje belleza, o en el nacimiento de ríos de aguas azules y refrescantes, paisajes agrestes, frondosos e impenetrables; después de disfrutar de unos días de descanso en un bungaló de una isla del río Mekong, extasiados ante tanta agua y tanta isla de todos los tamaños, recuperé la ilusión por el viaje, siendo consciente de que estaba emprendiendo una nueva manera de viajar para mí: el viaje de larga duración.
Neus

Muy bien! Disfruta de todo lo que te ofrezca el viaje, lo bueno y lo menos bueno!
ResponEliminaCarpe Diem!!
Besazos a los tres intrépidos motxileros!!