Roma y Nápoles son dos mundos distintos:
La primera ciudad posee calles anchas y bien pavimentadas, todo de estilo señorial. Grandes edificios te acechan allá donde mires, todo es ostentoso. A primera vista parece impresionante, y realmente eso que dicen algunos que “Roma es un museo al aire libre”, te lo crees. Cada edificio, más grande o igual que el anterior, y las estatuas de medida colosal te hacen recordar dónde te encuentras, pero la magia del museo se desvanece cuando te das cuenta de que esos edificios no son únicos: la ciudad está repleta de ellos. De hecho, si hay algo que te haga desorientarte, son los edificios. Admiras la belleza del primero, pero luego pasas por un segundo y un tercero, y de repente te preguntas si no estarás dando vueltas a un mismo edificio. He aquí donde recae la importancia de la unicidad.
En cambio, Nápoles se desarrolla a través de unos callejones angostos y empinados de piedras irregulares por los que pasan un sinfín de motos y coches, algunos de ellos destartalados, a una velocidad que te obliga a esconderte en el primer recoveco que encuentras a tu paso. La vida se desarrolla aquí, entre estos callejones: lugareños y turistas paseando, tiendas de frutas y verduras, alguna de pescado y comida asequible para todos los bolsillos. Desde fritangas, pizza al taglio y aranchinis a restaurantes con cara y ojos. También tiene sus edificios, unas iglesias que te dejan boquiabierto por su belleza, pero en esta ciudad, no solo encuentras a dios en sus interiores. Realmente, este es omnipresente: se trata de Maradona. Y ya alejándonos del casco antiguo: castillos desde donde admirar las vistas de toda la ciudad y un paseo marítimo para desconectar del bullicio.
Eu gusto muito da Italia. Percebo os cheiros das ruas dos teus comentarios
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